Declaraciones de Francisco Mangado ganador del tercer Premio Mapei 2018

Mangado y Asociados, ganadores del tercer premio del Premio Mapei 2018 por el proyecto Centro de innovación Norvento Enerxia. Edificio de energía cero que se autoabastece íntegramente de energía mediante fuentes renovables y que opera desconectado de la red eléctrica.

 

 

 16 abril 2019. 13:04

La construcción de un proyecto como el del edificio corporativo para la empresa Norvento siempre es, teniendo en cuenta la manera en que se ha desarrollado, una experiencia de primer orden. Diría que el éxito o valor que podemos encontrar en el mismo se debe más a la propiedad que lo ha gestionado y a su inteligencia para generar un proceso muy fructífero. En ello radica el principal éxito. En primer lugar los propietarios sabían bien de lo que estaban hablando y no solo desde la perspectiva de las energías limpias -este edificio alberga básicamente ingenieros que trabajan e investigan es esta materia-, sino fundamentalmente desde el pensamiento y los objetivos arquitectónicos. Éstos se han derivado en primer lugar de una aguda inteligencia y en segundo de una inusual y exquisita formación e interés respecto a la arquitectura. Se trataba de personas con gran afición y conocimiento respecto a la misma. Ello quedó reflejado no sólo en el concurso convocado sino en el desarrollo posterior del proyecto. Buscaban la identidad del nuevo edificio, pero una identidad que se representase a partir de contenidos y no de una construcción cuyos fundamentos radicaran en la apariencia. Contenidos que iban desde cómo repensar la manera de trabajar en un edificio de oficinas, hasta como utilizar el proceso constructivo para demostrar que es en la arquitectura misma, en su lógica y sensatez, en su capacidad de pensar más que de imaginar, donde radica el compromiso con el medio tanto en su dimensión ambiental como social y económica.

Particularmente interesante fue el proceso constructivo que se desarrolló junto al Instituto de la Madera de Galicia para desarrollar un sistema constructivo y un pliego de condiciones que permitiera utilizar la “denostada” madera de eucalipto en la construcción, con las garantías de calidad y mantenimiento con los que se utiliza en países como Australia por ejemplo. No fue un proceso fácil pero una vez logrado significó una reconsideración respecto al uso de esta madera en la construcción y no para fabricar pasta de papel. Hay que tener en cuenta que, si se utiliza para la arquitectura, los árboles han de ser más viejos lo que implica que se pueden planificar de manera más responsable los bosques de eucaliptos, con menos daño para el suelo y, lo que es más importante, generando un valor añadido en términos económicos diez veces mayor que si se usa para el papel. Por tanto este proyecto dio lugar a un proceso, más racional en términos medioambientales y más fructífero económicamente con capacidad para influir en el contexto productivo de Galicia.

Lo dicho hasta aquí nos hace pensar que las corporaciones que, en ausencia de los poderes públicos, son los que acometen los edificios más representativos en la sociedad, han de pensar que sus edificios tienen una cierta responsabilidad, que supera a la de los edificios privados que, indudablemente también la tienen. Han de ser conscientes de que lo que construyen es una oportunidad para repensar y replantear algunos principios que, por repetidos, no son en absoluto mejores. La arquitectura con la que acometen sus edificios ha de ser sobretodo más inteligente a la hora de plantear presupuestos de principio, análisis tipológicos, constructivos y sobretodo, en términos de influencia en el contexto que les rodea, valores que impliquen significación

Es elemental que han de tener en cuenta que la sostenibilidad es fundamentalmente un ejercicio de contextualización, de lógica e inteligencia, básicamente de buena arquitectura. La responsabilidad con el medio no es algo añadido, es consustancial, o debería serlo, con este buen hacer arquitectónico. Forma parte de su ADN. Por eso la contextualización adquiere hoy una acepción ética de la que la arquitectura ni puede ni debe escapar. Es cierto que se han desarrollado en la actualidad tecnologías añadidas que pueden ayudar a mejorar el comportamiento ambiental de los edificios, pero esto sólo puede contemplarse desde la perspectiva de un “más a más”, no desde los fundamentos. Lo primordial es que la arquitectura esté regida en sí misma, desde la concepción del proyecto, por los principios que signifiquen una preocupación por el medio que, por cierto, no es solo ambiental o energético, sino también humano, social, cultural, o económico…

Por tanto la tecnología, en mi concepción, es algo que ayuda, en ocasiones de manera muy interesante y sustancial al compromiso de la arquitectura con el medio, pero que nunca ha de entenderse como una sustitución. Esta actitud sería muy peligrosa y en cierta manera lo está ya siendo. Parece mentira que hoy se haya desarrollado un falso “estilo medioambiental” fundamentalmente caracterizado por el uso de tecnologías y sistemas constructivos muy sofisticados, supuestamente muy eficaces, pero que no se plantean ni el coste, ni los medios utilizados en esa arquitectura. Se ha desarrollado un lenguaje pseudo técnico ya asociado a lo sostenible. ¿Cuándo se amortiza todo esto? ¿No hay una contradicción de principio? Y quizás esos edificios están mal orientados o mal aislados…Todo tiene algo de paradoja y de contradicción. De falsedad y de apariencia. Estoy quizás exagerando, pero incluso lo que debería ser un principio ético como es el compromiso con el medio, en el mundo gobernado por el mercado de la imagen, puede bastardearse y transformarse en una suerte de “estilo“ banal.

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